La pupila


Viernes a mediados de noviembre, 2:30 pm — Yvetot

Los viernes a media tarde tenían un ritmo casi invariable.

En el pequeño apartamento de Yvetot, Élise se movía por el comedor con esa prisa tranquila de las cosas que se repiten todas las semanas. Sobre la mesa había dejado abierto un bolso de viaje donde iba colocando algunas prendas para pasar el fin de semana en Clères, en casa de sus padres.

No siempre hacían ese viaje.

Había semanas en que el trabajo de Laurent no lo permitía, o simplemente el cansancio del viernes les quitaba las ganas de salir de casa. Pero cuando podían, aquella pequeña escapada se convertía en algo casi inevitable. La distancia era corta, apenas un tramo de carretera entre campos húmedos y pueblos tranquilos.

Una forma de volver, aunque solo fuera por un par de días.

Élise dobló cuidadosamente una chaqueta pequeña de su hija y la acomodó dentro del bolso.

—Lía… —dijo mirando hacia el pasillo—. ¿Dónde estás?

Desde la habitación se escuchó el ruido de algo cayendo al suelo y luego unos pasos rápidos.

Justo entonces el celular de Élise vibró sobre la mesa. Miró la pantalla.

Mamá.

Respondió enseguida.

—Hola, mamá.

Escuchó un momento, sonriendo.

—Sí… sí… estamos saliendo dentro de un rato.

Mientras hablaba, miró hacia el pasillo.

—¡Lía! ¡Ven, corre! Mira quién quiere hablar contigo.

La niña apareció corriendo, con el cabello algo desordenado y una energía imposible de contener.

—¿Quién es?

Élise le mostró el celular.

—La abuela.

Lía dio un pequeño salto de alegría y tomó el teléfono.

—¡Abuelita! ¡Abuelita! ¡Ya voy a verte!

Del otro lado llegó una risa suave, llena de paciencia.

—Sí, mi niña. Te estoy esperando. Aquí tengo guardado lo que a ti te gusta.

Los ojos de Lía brillaron.

—¿De verdad?

—Claro.

La niña miró a su madre.

—¡Qué rico, abuelita!

Élise se apoyó en la mesa observándola. Aquella escena se repetía muchas veces al mes, pero nunca perdía ese pequeño brillo de felicidad sencilla.

Por detrás apareció Monique, la otra abuela, la paterna. La casa era suya. Laurent, hijo único, había llevado allí a Élise cuando se casaron, y desde entonces vivían los tres bajo el mismo techo. El padre de Laurent había muerto años atrás. En ese mismo apartamento había nacido Lía.

En ese momento se escuchó la puerta del apartamento abrirse. Laurent entró dejando las llaves sobre el mueble de la entrada.

—¿Listas para ir a Clères?

Élise levantó ligeramente los hombros.

—Casi.

Laurent dejó su chaqueta sobre una silla.

—No sé si esta vez podré quedarme todo el fin de semana —dijo—. Puede que tenga que volver mañana por la tarde.

Élise asintió. No era nada nuevo. A veces él se quedaba hasta el domingo. Otras veces el trabajo lo obligaba a regresar a Yvetot antes de lo previsto.

Lía terminó la llamada y devolvió el teléfono.

—Dice que me tiene algo guardado.

—Seguro que sí —respondió Élise.

Cerró el bolso.

—Bueno… vámonos antes de que se haga tarde.

Desde el interior del apartamento se oyó a Lía correr por el pasillo.

—¡Adiós, abuela Monique! ¡Me voy!

Afuera, la tarde comenzaba a enfriarse lentamente, como ocurre en Normandía cuando el día empieza a inclinarse hacia el oeste. En menos de una hora estarían en Clères.


• • •


A las cinco menos cuarto de la tarde, en Rouen, Cassian Locke cerró la última ventana de logs y se recostó en la silla. La oficina de la azotea tenía esa quietud particular de los lugares a los que la gente no sube si no tiene un motivo concreto. Contaba con una puerta de emergencia herméticamente cerrada desde adentro y se accedía interiormente. Perfectamente aislada, el aire acondicionado entraba y salía por conductos, arrastrando un rumor lejano de los equipos de climatización del edificio.

En el espacio interior, limitado a dos mesas de trabajo con sillas cómodas, cada una estaba equipada con un terminal remoto compuesto por un monitor grande, teclado y mouse, además de la laptop operativa. El silencio solo era interrumpido por el leve zumbido de los ventiladores al arrancar intermitentemente y el tenue sonido de las teclas. Por seguridad, las laptops nunca se movían y todo el flujo de trabajo era digital; nada físico salía de aquellas cuatro paredes. En un rincón, un switcher de fibra óptica proyectaba un resplandor rítmico contra la pared.

Amélie estaba de espaldas, inclinada sobre su estación. Su pelo negro ensortijado estaba recogido de cualquier manera. Llevaba horas revisando una anomalía en los registros de tráfico que ninguno de los dos había logrado explicar del todo. Se conocían desde la Universidad, pero ella se graduó un año después.

—Sigue sin cuadrar —dijo ella sin volverse—. El pico de las 14:32 no tiene origen registrado.

—Lo dejo para mañana —respondió Cassian—. Hoy ya no veo.

Ella se volvió apenas, con esa expresión entre el escepticismo y la resignación que era su modo habitual de existir. En la muñeca derecha, el tatuaje oscuro de una J y una F entrelazadas asomaba por debajo de la manga.

—Mañana tampoco vas a verlo —dijo.

Cassian sonrió sin responder. Apagó su terminal, recogió la mochila y se despidió: «Cuídate, ten un buen fin de semana». Ella le devolvió el gesto. Él abrió la puerta y bajó por las escaleras estrechas que separaban la oficina del piso inferior. Pasó de largo la sala común, donde alguien calentaba algo que olía a curry o a sopa de sobre, tomó el ascensor y salió a la planta baja. El guardia de la entrada levantó la vista con la puntualidad de siempre.

—¿Cómo están esas neuronas hoy, Locke?

—Ahí, fajadas entre ellas.

El guardia soltó una carcajada corta. Cassian empujó la puerta de cristal y salió a la calle; había oscurecido totalmente y nubes grises muy bajas lo cubrían todo.

Le Vieux Seuil estaba a cuatro minutos a pie de la empresa, en una esquina donde dos calles del centro antiguo se cruzaban sin demasiado criterio. Era un lugar que se encontraba por el olfato: café, mantequilla tostada y el aroma del tiempo estancado en la madera. Un estaminet du coin. La camarera, una mujer de gestos parcos que conocía bien sus horarios, ya le tenía reservada la mesa del fondo, lejos del flujo de la entrada.

Intercambiaron un saludo breve, apenas una inclinación de cabeza; la copa de Pommeau de Normandie llegó sin palabras.

Mientras esperaba la cena, observaba a los habitués, instalados en el mismo orden de siempre. Nadie hablaba alto; solo miradas cruzadas sobre las cartas de la belote. Él también era uno de ellos, aunque en silencio. Sacó el iPhone del bolsillo interior de la chaqueta, a la altura del corazón. La pantalla tenía una astilladura en la esquina inferior derecha desde aquella mañana: se le había resbalado de las manos al responder una llamada y había caído de plano contra el suelo. El daño era irreparable. El teléfono tenía varios años y ya era hora de cambiarlo, pensó por un momento, y lo dejó boca abajo sobre la mesa.

Llevaba apenas unos minutos sentado cuando el teléfono vibró. Lo giró: era Élise. Respondió.

—Hola. ¿Ya van en camino?

—Sí, acabo de salir de Yvetot. Lía está dormida ya en el asiento de atrás.

—Rápido.

—Venía reclamando desde que salimos y mira. —Una pausa breve, de sonrisa—. Oye, te mandé el enlace por SMS. Subí unas fotos de ella en Lookme, las de la semana pasada en el parque. No las habías visto.

—Las miro ahora.

—Están bien. La pillé justo cuando corría hacia los patos. Tienes que verla.

—Las miro, te lo prometo.

Se despidieron. Cassian salió de la llamada, abrió los mensajes y pulsó el enlace. La publicación de Élise se abrió directamente: cuatro fotos de Lía en el parque, con la tarde gris de fondo y la niña de espaldas primero, luego de frente, con esa expresión seria e intensa que a veces ponía sin razón aparente. Cassian las miró una por una. Sonrió brevemente ante la última, en la que Lía miraba hacia algo fuera del encuadre con una concentración impropia de sus ocho años.

Siguió desplazando la pantalla sin ningún propósito especial. El feed fue apareciendo: una publicación de alguien conocido, un titular de noticias, un anuncio de telefonía, otra publicación, dos anuncios más —uno de una operadora, otro de una tienda de electrónica— mezclados entre el resto sin ningún peso particular. Cassian no se detuvo en ninguno. Dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa de nuevo.

Cuando llegó la cena, todo seguía igual y se dedicó a comer.


• • •


Salió poco antes de las siete. La ciudad llevaba horas envuelta en ese susurro frío que la lluvia deja cuando ya pasó. Subió al Fiat 500 blanco estacionado a media cuadra. Al aproximarse a un semáforo en rojo, frenó con suavidad.

En el último metro antes de detenerse, la rueda delantera izquierda pasó sobre el borde de un cartel de papel que el viento había depositado en el asfalto mojado. Era publicidad de una marca de anteojos, sucia y con una esquina chamuscada. El peso del coche inclinó el papel y, en el centro exacto de la imagen, quedó visible una pupila azul, perfectamente definida, húmeda por la llovizna, mirando hacia arriba.

Cassian inclinó la cabeza hacia la izquierda y se pegó al cristal de la ventanilla.

La pupila y él se miraron.

Por un instante, nada se movió.

Algo en aquella mirada impresa lo detuvo. No era solo una imagen publicitaria. Era una presencia. Como si detrás de ese círculo azul y negro hubiera algo —alguien— observándolo de vuelta. Reconociéndolo.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

No tenía sentido. Era un cartel mojado en el suelo. Nada más. Pero la sensación permaneció: lo estaban mirando a él. No a la calle, no al tráfico. A él.

A su derecha, al otro lado de la calle, una luz blanca en un escaparate empezó a parpadear de forma errática.

El semáforo cambió a verde; él la observó unos momentos y pensó en el Challenger…

Cassian no se movió.

Tres segundos. Cuatro.

Un cláxon sonó detrás, insistente.

Avanzó. Pero el escalofrío no se fue.


• • •


Vivía en la parte antigua de Rouen, en una calle sin salida visible donde la piedra mojada conservaba el olor de siglos anteriores. Era el tipo de calle que la gente evita sin saber por qué. Él la prefería por eso mismo.

Estacionó con las dos ruedas derechas sobre la acera baja y bajó del coche. Cruzó la calle, avanzó unos pasos y se detuvo.

La luz de un foco recién instalado a su espalda proyectaba su silueta sobre la puerta.

Antes de entrar, se demoró un instante frente a un pequeño relieve incrustado en la piedra: un trébol de piedra verde, mojado por la humedad, ribeteado en bronce y oscurecido por la intemperie. En su centro había un símbolo que creyó reconocer, aunque no lograba recordarlo. El metal húmedo brillaba tenuemente bajo la luz.

Tal vez llevaba siglos allí, pero apenas lo había notado hasta ahora.

Cassian lo miró fijamente antes de meter la llave en la cerradura.

Empujó la puerta, entró y la cerró por dentro, dejando fuera el frío de la ciudad. Frente a él se abría una escalera angosta de peldaños gastados. Una luz amarilla, débil y parpadeante, apenas lograba iluminar el ascenso, proyectando sombras alargadas sobre las paredes irregulares. Subió despacio hasta llegar finalmente a la puerta.

Entró y colgó el sobretodo y el sombrero en la percha fijada a la pared. El aposento, de techos altos y muros gruesos, retenía el frío de la piedra como una memoria antigua. Del bolsillo interior del abrigo sacó el iPhone astillado y lo dejó boca abajo sobre el buró, junto a la laptop dormida. Al rozar el mouse sin querer, la pantalla se encendió de golpe y un resplandor azulado recorrió la habitación. Cassian no la miró.

La mesa, la silla, la cama individual: todo estaba dispuesto con una economía casi monástica. Detrás de la cama, de una lámpara anclada a la piedra colgaba su cordón de encendido, inmóvil. En una esquina, junto a la puerta del pequeño servicio sanitario, una meseta estrecha hacía las veces de cocina. Activó la luz del techo con el control, puso agua a calentar en la hornilla y encendió la calefacción del suelo.

Luego se sentó en la cama y tomó el teléfono. Mientras el agua comenzaba a hervir, marcó un número.

—Hola, maman.

—Hola, Cas. ¿Ya llegaste? —respondió ella al otro lado de la línea.

—Acabo de llegar. Cené donde siempre. Mañana voy a casa.

Hablaron apenas unos minutos sobre lo cotidiano. Al momento de colgar, la voz de su madre recuperó ese tono de precaución de siempre:

—Está bien, hijo. Pero mañana, cuando vengas, no corras por el camino.

—No correré, maman. Hasta mañana.

Se preparó el té, dejó la taza sobre el buró y se sentó de nuevo en la cama. Se quitó los zapatos, terminó el té, apagó la luz y se acostó. La laptop, que se había activado al entrar, mostraba ahora un salvapantallas que se movía en silencio, germinando tenuemente y bañando la habitación con un pulso de luz azulada que apenas rompía la oscuridad del aposento. Cassian se quedó allí, observando el ritmo de la pantalla antes de que el sueño empezara a ganarle. Se quedó dormido casi al instante.


• • •


Despertó tiempo después. La habitación estaba a oscuras. Encendió la lámpara de noche, tomó el teléfono, abrió la aplicación de mensajes, dudó y pulsó videollamada. El timbre sonó tres veces.

—Pensé que ya estarías dormido —respondió ella con voz baja y una sonrisa contenida.

Lumène estaba en su habitación, con un suéter gris claro y el cabello suelto, medio iluminada por una lámpara de escritorio. Detrás de ella, Cassian distinguió la ventana oscura, salpicada de gotas. Se oía el rumor distante de la lluvia golpeando el tejado.

—Lo intenté —dijo Cassian—. Pero mi cabeza no coopera.

Lumène lo observó un momento.

—¿Pasó algo hoy? Tienes esa cara de “algo no encaja”.

Cassian dudó.

—No sé. Cosas raras. Pequeñas. Probablemente nada.

—¿Qué tipo de cosas raras?

Él se frotó la cara con una mano.

—Hoy, viniendo para acá… había un cartel en el suelo. Publicidad de anteojos. Una pupila enorme, mirando hacia arriba.

Lumène esperó.

—Me quedé viéndola —continuó Cassian—. Y por un momento… no sé cómo explicarlo. Sentí que me estaba mirando de vuelta. No la imagen. Algo detrás de la imagen.

Hubo una pausa. Ella no se rio. Solo lo miró con atención.

—¿Cómo si alguien te observara?

—Exacto. Sé que suena ridículo.

—No suena ridículo. Suena a que estás cansado.

Cassian asintió, aunque no estaba convencido.

—Puede ser.

Lumène se acomodó en la silla, acercándose más a la cámara.

—¿Quieres venir este fin de semana?

—Sí. Necesito respirar.

—Aquí también llueve —dijo ella, echando una mirada hacia la ventana—. Lleva lloviendo desde la tarde. No ha parado.

—Mejor. Así me limpia por dentro.

Ella sonrió apenas.

—La lluvia aquí sabe distinto. A mar. A sal. No como esa lluvia gris de Rouen que huele a piedra mojada y a nada.

—Por eso voy.

Se quedaron mirándose a través de la pantalla. El sonido de la lluvia en Étretat llenaba los silencios.

—Te preparo té —dijo ella—. Del que te gusta.

Cassian sonrió.

—Te quiero.

—Lo sé. —Una pausa—. Me gustas más cuando no entiendes lo que te pasa. Eres menos… controlado.

—¿Eso es bueno?

—Para mí sí.

Cassian exhaló despacio.

—Lumène… esa sensación de hoy. De que algo me observaba. ¿Alguna vez te ha pasado?

Ella lo pensó un momento.

—Sí. Una vez. Cuando era chica. Estaba en mi cuarto y sentí que alguien me miraba desde la ventana. Me quedé paralizada. No había nadie, claro. Pero el miedo era real.

—¿Y qué hiciste?

—Cerré las cortinas. —Sonrió—. Y me fui a dormir con mi mamá.

Cassian asintió.

—No tengo mamá aquí para irme a dormir con ella.

—Pero me tienes a mí. Aunque sea por teléfono.

—No es lo mismo.

—No. Pero es algo.

Se quedaron así un rato más, sin decir mucho. Solo mirándose. La lluvia en Étretat seguía cayendo, constante. En Rouen, todo estaba quieto.

—Ven este fin de semana —dijo ella al fin—. No pienses. Solo ven.

—Voy.

—Buenas noches, Cas.

—Buenas noches.

Colgó. Puso el móvil dentro de uno de los zapatos. Apagó la luz.

Pero en su cabeza todavía flotaba una pupila azul mirando hacia arriba.

Y la sensación, inexplicable, de que algo lo había visto.


• • •


En la cabecera de la cama, junto al control de la luz, un reloj parado —un viejo mecanismo de cuerda que no emitía pulso alguno— llevaba meses esperando una reparación que no llegaba. No sabía por qué no lo había tirado…

Aún no.