Mago
Clères, Normandía. Sábado.
Salió de Rouen sobre las siete y media. La ciudad aún estaba recogida, con ese frío bajo que no termina de ser invierno pero ya no es otoño. La rue Jeanne-d'Arc se desperezaba despacio: algún coche aislado, semáforos sin prisa.
Dejó atrás el centro histórico, los tejados de pizarra, las fachadas de entramado de madera, y fue subiendo hacia el norte por la zona de Bois-Guillaume hasta que Rouen se soltó del todo y empezó la otra Normandía.
Tomó la carretera de siempre, la que se coge para ir hacia el interior, la de Clères. A esa hora los campos aparecían cubiertos de humedad: los setos oscuros, los prados apagados, los manzanos casi desnudos con las últimas hojas amarillas resistiendo en las ramas. El cielo era bajo y uniforme.
Manejó sin radio.
Era un paisaje que él conocía desde siempre y ya no miraba como tal sino como fondo, como el tono de una habitación en la que uno ha vivido mucho tiempo.
Pero esa mañana algo en él no terminaba de aquietarse.
Las imágenes del viernes volvían a su pensamiento: la pupila azul inclinada hacia arriba desde el asfalto mojado, la luz blanca parpadeando en el escaparate vacío.
No eran pensamientos ordenados.
Eran residuos que se resistían a disolverse como deberían.
Cerca de media hora después, la entrada de grava crujía bajo las ruedas del Fiat.
• • •
Su madre estaba en la puerta antes de que él apagara el motor. Así era siempre.
Lo miró un segundo al saludarlo, con esa evaluación silenciosa que él nunca había sabido nombrar del todo, y le dio un beso en cada mejilla.
—Élise ya está —dijo—. Vino desde temprano con la niña. Tu padre está en el huerto.
Adentro, en la cocina, había un café reciente en la cafetera.
Se sirvió una taza, la bebió de pie junto a la ventana mirando el huerto, y salió por la puerta trasera sin cambiarse.
La mañana olía a tierra mojada y a algo vegetal y limpio que la ciudad nunca tenía.
Su padre estaba al fondo, con la azada, trabajando una hilera con esa lentitud meticulosa que Cassian había observado toda su vida.
Al verlo llegar se incorporó, le tendió la mano con un apretón firme y breve, y le dio una palmada seca en el hombro.
—T'as fait bon voyage? —dijo.
Y sin esperar respuesta:
—On y va.
Cassian tomó la segunda azada apoyada en el tronco del manzano más próximo y se puso a trabajar a su lado.
No hablaron durante un buen rato.
No hacía falta.
El silencio entre ellos era del tipo que no incomoda, que no exige ser llenado, que simplemente existe como existe el frío o la luz.
Era una ayuda concreta, silenciosa, que no se negociaba ni se agradecía.
Se daba.
Cuando volvieron a la casa, la madre ya tenía preparado un chocolate caliente y galletas de desayuno.
El vapor subía despacio de la taza.
Cassian se sentó, se calentó las manos, mordió una galleta.
Era el primer descanso del día.
• • •
Comieron los cinco juntos: sus padres, Élise, Lía y él. Laurent había salido de Clères rumbo a Yvetot casi al mismo tiempo que Cassian de Rouen. Algo del trabajo. A veces era así. El domingo volvería a buscarlas.
Lía comió poco y habló mucho, saltando de un tema al otro con esa energía de los ocho años que no necesita justificarse ni detenerse a respirar.
En un momento dado Lía se volvió hacia Cassian con los ojos muy abiertos y le preguntó si era verdad que los magos eran adivinos.
Él la miró un segundo antes de responder.
—Los buenos sí —dijo.
Lía asintió con una seriedad que no correspondía del todo a sus ocho años y volvió a su plato.
Élise cruzó una mirada con Cassian.
Él no dijo nada más.
Luego, casi sin transición, Lía volvió a levantar la vista.
—¿Y cuándo viene Lenoir? —preguntó, mirando a su madre.
Élise levantó la vista un momento.
—Está de gira —dijo—. Ya sabes cómo es.
—En dos semanas lo tienes aquí —añadió Mamán desde el otro lado de la mesa, sin darle importancia—. Ya verás.
Lía asintió con una satisfacción tranquila, como si eso resolviera algo importante para ella.
• • •
Después de comer subió a su habitación.
Se dio un baño largo, dejando que el agua caliente deshiciera lo que quedaba del frío del campo.
Cuando salió, la habitación estaba en esa penumbra tibia de las tardes normandas de noviembre.
Se vistió despacio.
La guitarra estaba en el rincón, apoyada en la pared con el cuaderno de tapas azules encima y el lápiz atravesado.
La tomó, se sentó en el borde de la cama y la apoyó sobre la rodilla.
La afinó de oído, un gesto tan repetido que ya no requería concentración.
Abrió el cuaderno por la última página escrita.
La canción se llamaba Mago.
La había empezado hacía meses, pensando en su tío, con quien siempre había tenido algo distinto.
Un hombre que recorría los pueblos de la región con un pequeño maletín negro de cierres de latón donde parecía caber un mundo entero.
No era famoso.
Nunca quiso serlo.
Pero los niños lo esperaban como si llegara el circo completo en una sola persona, y los adultos también, aunque no lo admitieran de la misma manera.
Tocó la melodía una vez sin cantar, solo para escucharla.
Luego tocó de nuevo y esta vez tarareó los versos que llevaba semanas ajustando, quitándoles lo que sobraba:
Con tu sombrero de copas
Con tu traje negro y limpio
Con tus trucos y tus magias
Haces pensar a los niños
Con tu cabeza tan loca
Con tus gestos tan sencillos
Le das color a las rosas
y nos entregas cariño... Siempre.
Se detuvo.
Escuchó el silencio que quedó después.
Luego anotó algo en el cuaderno, tachó una palabra, la reemplazó por otra.
No estaba satisfecho del todo, pero era lo más cerca que había llegado.
Desde abajo, el sonido de la guitarra se había filtrado por la puerta entreabierta.
Su madre se detuvo un momento en la base de la escalera, escuchó, y continuó su camino.
• • •
Dejó la guitarra en el rincón y se acostó encima de la colcha.
Se quedó dormido antes de lo que esperaba.
En el sueño, su abuelo salía de la casa en pleno invierno.
Llevaba el abrigo grueso de los botones de cuerno y el aliento se le volvía vaho blanco en el aire helado.
Antes de empujar la puerta metía la mano en el bolsillo interior, a la altura del corazón, y sacaba una petaquita de metal que brillaba un instante bajo la luz gris del exterior.
Tomaba un sorbo y la guardaba con un gesto tan natural, tan antiguo, que parecía parte del mismo movimiento de respirar.
Cassian lo miraba desde adentro, a través del cristal, sin que el abuelo lo viera.
Sintió un toque suave en el hombro y abrió los ojos.
Era su madre, inclinada sobre él con esa calma de siempre.
—Ya son las cuatro, Cas. No te coja la noche en el camino.
• • •
Bajó a la sala.
Élise estaba con su madre en la cocina.
Su padre dormitaba en el sillón con el periódico doblado sobre el pecho.
Por la ventana se veía el jardín trasero, con Lía corriendo entre los árboles trazando caminos invisibles que solo ella conocía.
Cassian la observó un momento desde adentro.
Entonces la niña se detuvo de golpe.
Levantó la vista hacia algo que él no alcanzaba a ver desde donde estaba y se quedó inmóvil, con los ojos muy abiertos.
No fueron tres segundos ni cuatro.
Fueron los suficientes para que Cassian dejara de respirar un momento sin darse cuenta.
Luego Lía siguió corriendo como si nada hubiera ocurrido.
Cassian no se movió del cristal.
Cuando por fin se apartó, guardó el teléfono donde siempre y no volvió a sacarlo.
• • •
Se despidió poco antes de las cinco.
Su madre le puso algo en la mano, envuelto en papel de cocina.
—Para Lumène —dijo solamente.
Galletas.
Las mismas de siempre.
Cassian las guardó en la mochila sin abrir el papel.
Oscurecía temprano en noviembre.
Condujo con las luces encendidas desde casi el principio, por carreteras que él ya conocía, bordeando campos y bosques.
En algún momento bajó el cristal de su lado y sintió el cambio del aire.
Era recurrente.
El mar estaba cerca.
• • •
Lumène lo esperaba en la puerta con un suéter grueso y los brazos cruzados contra el frío.
Cuando él bajó del coche ella no dijo nada, solo lo miró un momento de esa manera suya, y luego se acercó y le dio un beso.
Adentro olía a té y a madera.
Ella había preparado la mesa con dos tazas y una tetera, y nada más, porque no hacía falta nada más.
Se sentaron.
Cassian puso las galletas sobre la mesa.
Ella sonrió sin sorprenderse.
Le preguntó por sus padres.
—Bien. Papá en el huerto como siempre. Maman me despertó de la siesta antes de que me cogiera la noche.
Él también preguntó por los suyos.
Todo seguía en su sitio.
Lumène sonrió.
Cassian le tomó la mano sobre la mesa, se la apretó un poco y la miró en silencio, de esa manera que no necesita palabras porque las ha usado todas antes y ya no hacen falta.
Luego jaló levemente y ella se levantó y se abrazaron un momento, sin prisa, con la familiaridad de dos personas que se conocen desde la universidad y han construido algo que no necesita demostrarse.
Se sentaron de nuevo.
El té humeaba sobre las tazas.
—La otra noche —empezó él—, cuando te dije que era como si algo me mirara sin verme... no era solo el cartel.
Lumène esperó.
No lo apuró.
—En el trabajo hay algo en los registros que Amélie y yo no hemos podido explicar. Un pico de actividad sin origen. Nada grave en apariencia, puede ser cualquier cosa. Pero no me deja.
—¿Y la pupila? —dijo ella.
—La pupila también. —Hizo una pausa—. No sé si tiene que ver. Pero todo apareció el mismo día.
Lumène bebió un sorbo de té y miró hacia la ventana, donde la oscuridad era completa y el sonido del mar llegaba apenas, sordo y constante.
—¿Sabes lo que me parece? Que no es que algo te mire. Puede que algo lleve mirándote un tiempo y tú recién empiezas a notarlo.
Cassian no respondió de inmediato.
Dejó que la frase se asentara.
—Entonces es peor —dijo finalmente.
—Sí —admitió ella—. Es bastante peor.
Afuera el mar seguía.
Adentro, el té se enfriaba despacio en las tazas.
No habló de Lía.
No sabía por qué.